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BARCELONA

Como si reviviésemos la rivalidad entre Bernini y Borromini, como si el escenario de la Roma del XVII, se trasladase a la Barcelona de XX, Mies y Gaudí, los dos mayores genios de la arquitectura, rivalizan hoy, por el protagonismo de la ciudad más bella.

Gaudí, caracterizado de Borromini, adquirió, ya para siempre, el mismo talante silencioso, cerebral, religioso, célibe. Siempre vestidos de negro, reservados, de carácter difícil, ambos murieron de manera trágica, sin familia ni amigos, perseguidos por la mala suerte.


Y, sin embargo, Mies quiso parecerse al napolitano Bernini, tocados los dos, por la varita de la fortuna, extrovertidos, brillantes, genios. Ambos, ricos, mujeriegos, borrachos de talento.


Gaudí terminó su última obra civil en 1.912. La “casa Milá” es, la naturaleza hecha piedra, una cantera a cielo abierto, patrimonio de todos. Y, como es difícil representar la naturaleza en planos, Gaudí proyectaba modelando con sus propias manos la arquitectura más bella que estaba solo, en su cabeza.


Y, Mies van der Rohe en 1.929, en la misma ciudad, levantó, con la soberbia del Picasso más arrogante, el majestuoso “Pabellón”, la obra más racional, la más hermosa, símbolo del progreso, de la simplicidad, de la pureza.


Negro y blanco, símbolos de la simetría de opuestos, ambos representan, lo mejor de la arquitectura, lo mejor de nuestra Barcelona.



F.N.




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