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CAN LIS

Todavía recuerdo el vértigo que me produjo descubrir la vivienda de Utzon, la casa más bella nunca jamás construida.


Jorn Utzon ganó el concurso de la Ópera de Sidney incumpliendo todas sus bases. A diferencia del resto de arquitectos, envió un único dibujo en el que se entreveía velada, su genialidad, sensibilidad, su sobriedad. Y claro, los jueces, y en especial Eero Saarinen, (responsable de la mesa más exquisita jamás diseñada), comprendieron que estaban ante alguien único y especial.


Pero Utzon volvió a hacerlo. No solo fue capaz de levantar uno de los edificios más bellos e icónicos del mundo, además, cuando decidió vivir en Mallorca diseñó para sí mismo una casa, sublime. La casa. De belleza imponderable, diferente, atemporal, tradicional, orgánica, única, alejada de las premisas del movimiento moderno.


Brillante catálogo de sucesión de espacios, una casa abandonada en el borde, donde la luz resbala suavemente al interior, sin pretensiones, sin mobiliario. Una casa en la que los muros abocinados no solo crean la ilusión de defensas masivas, además enmarcan con eficacia, cielo y olas. ¿Quién necesita nada cuando se pueden tocar los azules?


Un principio puro de adición implica una nueva forma arquitectónica, una nueva expresión, con las mismas características y los mismos efectos que se obtienen, por ejemplo, al añadir más árboles al bosque, más venados a una manada, más piedras a una playa…


¡Sublime!



F.N.








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