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NACHO VICENS

La Carrera de Arquitectura, al menos en los años 80, se estructuraba en torno a la asignatura de Proyectos Arquitectónicos, que cursábamos en 3º, 4º, 5º y 6º.


Todos los cursos te elegían los profesores y el que siempre me distinguiese Nacho Vicens para hacer “Proyectos” en su clase, significaba, al menos así lo creíamos sus alumnos y los de Campo Baeza, que estábamos en la élite de la Escuela.


Fueron seis años de Escuela maravillosos, de los que solo tengo buenos recuerdos: aprender a proyectar, discutir sobre los grandes maestros, las soberbias clases de D. Javier Carvajal, ir descubriendo la bonhomía y cultura sin límites de Nacho, compartir la Escuela y viajes con Mantilla, Juan Ramón, Torralbo, Sonia Cano, Elena, Javier Alonso, Miguelón, José María SB, Ana, mi querida María, … años de juventud, belleza y aprendizaje.


Nacho fue un profesor maravilloso y yo me sentía especial junto a él. Sacar Sobresaliente en su asignatura de Proyectos en 5º, 6º y en el Fin de Carrera, supuso para mí, confirmar mi absoluta vocación, al tiempo que fortalecía mi veneración sin condiciones hacia él.


Como buen profesor, nos hacía sentir excepcionales y yo, engreído y orgulloso creía que tenía en exclusiva su dedicación y cariño. Nacho no solo era mi profesor sino que yo era su “alumno protegido”, privilegiado preferido.


Veintitantos años después de acabar la Carrera, asistí invitado a un homenaje tributo a D. Javier Carvajal en el mismo Salón de Actos de la Escuela de Arquitectura donde tantas clases magistrales impartió. Su hijo Javier y los, antaño alumnos magistrales y hoy maestros consagrados, Jesús Aparicio y Nacho hablaron de su trayectoria, de la “huella del maestro”, de lo que ha significado para varias generaciones de arquitectos. Al acabar el evento quise acercarme a mi idolatrado Nacho y, aunque nervioso, iba con la seguridad del que se sentía “el preferido”. Después de acercarme y saludarle, me dijo, … ¿qué quieres…?


Solo, … ¡qué quieres! ¡Nacho no se acordaba de mí!

Una gélida realidad destrozó mi fatua vanidad de eterno alumno. Por supuesto, yo no quería nada especial, solo que me recordara, que me abrazara, que me volviese a decir que había sido su mejor alumno, …


La humildad invade mi vida.



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