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AGUA Y LUZ

Actualizado: may 5

Mi querido hijo Nicolás me preguntó el otro día, por qué una dramática fotografía de la entrada de luz en el Panteón de Roma, preside la pantalla de mi móvil desde hace tantos años.


Y le contesté que en homenaje a Tadao Ando, “cuando vi la luz proveniente del óculo, supe que quería ser arquitecto”.


Boxeador, maestro de obras, lector loco, autodidacta como Le Corbusier, nunca estudió arquitectura y, sin embargo, fue para esa generación perdida de arquitectos, el gran maestro. Y sin ser católico, concibió las dos iglesias romanas más impresionantes nunca jamás construidas.


La “Iglesia del agua (1.985)”. El santuario que conecta liturgia y naturaleza. Sencilla, sobria, abierta al agua. ¡Y aquella cruz!, etérea, inalcanzable, presente…


La “Iglesia de la luz (1.987)”. Dócil oscuridad que debilita la vista. La antítesis conceptual al templo del agua, recogida, dramática, cubierta de sombra, un oratorio en sí mismo. Luz que gravita entre grietas de hormigón.


La imaginación es más importante que la sabiduría



F.N.




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